septiembre 30, 2016

Ya no da para más.

No quiero que nadie entre por esa puerta. El ambiente está sucio, lleno de odio. Está lleno de angustia, desesperanza, desilusión y dolor. No quiero contaminarlos. No quiero que mis pensamientos se impregnen en sus cuerpos. Hay tanto veneno expandiéndose en el aire. Abro las ventanas para que corra el aire y eliminar el dolor. Dejo entrar el sol que llega justo donde estoy. Justo en mi pecho. Justo en mi corazón. Y ya a este punto sé que no está funcionando. Nada está funcionando. Ni por dentro ni por fuera.

Por la ventana entra ruido y sol. El cantar de los pájaros ya no me hace sentir nada y el ruido de la ciudad me molesta. El calor del sol no me abriga, sólo quema. Y tengo este constante escalofrío que me hace temblar. Y descubrí que estoy mintiendo cuando digo que estoy muerta porque tengo todos los sentimientos en el nivel más alto de sentir. Esos sentimientos que a nadie le gusta sentir. Pero supongo que tengo que fingirlos hasta el colapso. Hasta que salgan de mi sistema en forma de agua y gritos desesperados. Esas cascadas que corren por el rostro cuando estás hasta el escalpo. Pero sin agua, nunca con agua. Sólo con sentimiento. Y esos gritos que vienen desde lo más alto y profundo de los pulmones. Pero sin ruido, nunca con ruido. Sólo con sentimiento.

Y sólo son mentiras las palabras del post anterior. No sé qué estaba pensando. No sé a quién quería engañar. Ya no me creo. Ya no tengo cuidado tampoco. Porque todos mienten y yo también lo hago. No me convenzo. No me creo. Ya no siento las palabras porque las palabras no ayudan en nada. Menos aquellas palabras de gente que dice estar ahí para ti y fallan cada vez que los buscas. Las pocas veces que lo haces para no molestarlos. Para no sofocar. Todos somos mentirosos. Todos nos estamos matando de a poco. Nos estamos matando entre nosotros. Nos estamos matando a nosotros mismos porque ya no soportamos más el veneno. Ese veneno que tenemos adentro y queremos expulsar pero ¿con quién?, si todos queremos expulsarlo pero nadie quiere envenenarse más. Ya no.

Lo he dicho y lo digo de nuevo; todos son el musgo en mi reino. Me estoy llenando de ellos. Me estoy convirtiendo en ellos. Me estoy perdiendo en ellos. ¿Y yo de quién soy musgo? 

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