agosto 23, 2016

No futuro.

Tengo tanto dolor en el alma que a veces siento que no puedo respirar. He intentado enfocarme en las cosas buenas de la vida, en los momentos en los que he tenido mayor felicidad, pero aun así no puedo dejar de sentirme de esa forma.

Tengo tanta pena en el alma que a veces siento que llorar no es suficiente. He intentado mantenerme fuerte, de olvidar los momentos grises y mucho más los momentos oscuros, pero aun así no puedo dejar de sentirme de esa forma.

Tengo tantas ganas de llorar. Por todo y por nada a la vez. Me siento tan inútil. Me siento tan sola. Me siento tan no querida. Me siento tan sola. Me siento tan muerta. Me siento tan sola. A veces me siento tan triste que hasta respirar duele. Creo nunca voy a dejar de sentir hacer algo por instinto pero ganas no me quedan. Podría morirme de inanición. Podría morirme por falta de aliento. Podría morirme de necrosis. Pero aún estoy aquí.

Hubo un tiempo en el que no sentía nada más que sólo un frío sentimiento. No me importaba nada. Estaba tan muerta. Pero en fondo sabía que dolía. Sabía que tarde o temprano iba a recuperar los sentimientos y los iba a sentir todos a la misma vez. Intensificados por los meses en que no sentí nada. Y ahora duele. Ahora duele más que nada en este mundo. Los sentimientos duelen. Pero es preferible sentir dolor que nada en absoluto.

Esto no es poesía, esto es la realidad. No intento embellecer el dolor. El dolor es horrible y eso es todo lo que es. El dolor es un sentimiento que todos hemos sentido alguna vez. Se siente tan punzante. Tan punzante en el pecho, en la mente, en el alma, en el corazón. Sólo quedan las metáforas para no ser gráfica.

Soy una hoja en blanco. No tengo nada que contar. Nada que yo misma haya hecho. Estoy retrocediendo y nadie lo nota excepto yo. He estado actuando. He intentado ocultarlo pero ya no lo soporto. Me duelen tanto los pensamientos. Pero los pensamientos no duelen. Duele la cabeza. Me duele tanto el alma. Pero el alma no duele. Duele el corazón. Duelen demasiado.

Necesito irme de aquí. El ambiente es tóxico y me está contaminando. Pero el confort es en lo único que me muevo. Comienzo a cuestionar todas las demás decisiones. No puedo irme… Y sé que una parte de mí, no quiere irse. Tengo que irme pero sé que nunca dejaré esta ciudad. Y sé que si no lo hago marchitaré lo poco que me queda.

No sé lo que hay dentro de mí. Tal vez es sólo un montón de venas. Tal vez es sólo sangre. Tal vez un corazón que sólo bombea ansiedad y miedo a lo desconocido. Es como si algo estuviese rascando mi pecho para poder salir. Aunque sé que no se aloja ahí. No se aloja en mi corazón. Se aloja en mi cerebro. Aferrado a mí como un bicho queriendo succionar cada vez más sangre. Dejándome cada vez más débil.

El miedo es escalofriante. Sólo te paraliza y no sabes qué hacer. No estoy segura si es a eso a lo que deberíamos temer. Y no estoy tan segura de que sea a eso a lo que debamos enfrentarnos y avanzar. El miedo se ha convertido en mi peor enemigo, pero aun así es mi mejor amigo. Si no fuese por el miedo, ya no estaría allá. Si no fuese por el miedo, ya no estaría aquí. Si no fuese por el miedo, habría seguido adelante y avanzado. Si no fuese por el miedo, no estaría avanzando a pasos pequeños. Si no fuese por el miedo, ya estaría bien. Si no fuese por el miedo, ya no estaría.

Ya sé que lo he dicho muchas veces pero estoy desesperada. Estoy perdiendo la cabeza. Me siento atrapada. Estoy al borde. Y siento más miedo cada día que pasa. Tengo miedo del acantilado y también tengo miedo de los lobos. Ya no sé qué camino tomar. En ambos casos tengo que arriesgarme a perderlo todo. Pero mientras tanto, estoy en el medio.

En uno de los caminos están los lobos. Miradas aterradoras con filosos colmillos. Esperando a que alguien caiga en su trampa. Esperando a destrozar parte por parte. Esperando por alguien. En este camino, muy dentro de mí, sé que he estado luchando contra los lobos. Me han rasguñado, me han hecho sangrar, me han dejado débil tendida en el piso. Una mirada al acantilado de vez en cuando. Y tengo tanto miedo de los lobos.

En el otro camino está el acantilado. Peligroso y sin arrepentimiento. Esperando a que alguien caiga. Esperando a acabar sueños. Esperando a acortar vidas. Esperando por alguien. En el fondo más profundo de mi mente, sé que no quiero ser ese alguien. Aun así, sé que cuando los lobos me han dejado sobre mis rodillas, me he acercado un poco al borde para ver lo que podría esperarme. Siempre es aterrador. Siempre está oscuro y vacío. Y tengo tanto miedo del acantilado.

Ya no tengo con quién hablar. Ni siquiera tengo a quién escribir. He estado perdiendo a los que más quiero. Ya no tengo con quién ser yo. Sé que las cosas están realmente mal cuando tengo el constante y punzante deseo de llorar y nada ni nadie me lo puede quitar. Ya no sé adónde pertenezco. Ni siquiera sé si alguna vez pertenecí a algún lugar. Sólo soy el musgo de todos los reinos convirtiéndome en ellos y perdiéndome a mí misma. Ya no sé quién solía ser. Ya no sé quién soy. Y verdaderamente, no sé qué tiene el futuro para mí. 

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